¿Podrían los animales convertirse en caldo de cultivo del virus X?

Recientemente se vuelve a mencionar el concepto del Virus X. Ya en 2018, antes de la propagación del coronavirus, la OMS advirtió y lo catalogó como patógeno prioritario capaz de provocar epidemias o pandemias, junto al virus del Ébola, el del Zika y el causante del síndrome respiratorio agudo severo (SRAS). Todos hemos vivido lo que ocurrió después, y en un principio se indicó que el coronavirus procedía de animales salvajes.

Muchas veces pensamos por instinto que los animales salvajes solo generan consecuencias negativas en la transmisión viral, favoreciendo sus mutaciones y contagios, ya que constituyen un reservorio viral natural. Solo los murciélagos albergan miles de virus en su organismo. No obstante, es probable que hayamos confundido causa y consecuencia.

Bats

Aunque los murciélagos albergan cientos o miles de virus, esta especie ha evolucionado conjuntamente con estos patógenos durante miles de años. Al necesitar un huésped para subsistir, los virus han establecido un equilibrio con sus hospedadores murciélagos a lo largo de la evolución adaptativa prolongada. Estos virus suelen tener baja virulencia en el organismo del murciélago, cuyo sistema inmunitario mantiene una respuesta inmunológica moderada frente a ellos, por lo que prácticamente no suponen un gran peligro para otros hospedadores. Este equilibrio se rompe cuando interviene un tercer factor, principalmente la acción humana como la caza indiscriminada de murciélagos; ante ello, los virus mutan para adaptarse a nuevos huéspedes y garantizar su supervivencia.

La prevención viral en la sociedad humana se basa fundamentalmente en dos modalidades. Primero, prevención individual: reducir el contacto con los virus mediante hábitos higiénicos como el uso de mascarillas y el lavado de manos. Segundo, control de huéspedes intermediarios: fortalecer su sistema inmunitario para disminuir las tasas de infección; si no es posible contener el brote, se procede al sacrificio sanitario de animales infectados, tal como se hizo durante las epidemias de gripe porcina y gripe aviar. Sin embargo, estas acciones no bastan para defenderse de la gran variedad de virus naturales. La protección humana depende en gran medida de la adaptación biológica entre seres vivos y virus, además de una buena biodiversidad en las cadenas ecológicas.

Las cadenas tróficas más completas y complejas ofrecen una protección más sólida, un fenómeno ecológico denominado efecto dilución: cuanta mayor es la biodiversidad, menor es la probabilidad de contagio viral en los individuos. Por el contrario, la pérdida de biodiversidad desencadena múltiples problemas sanitarios. Como ejemplo, estudios confirman que los brotes de la enfermedad de Lyme derivan de la alteración antrópica de los hábitats silvestres. La disminución de depredadores superiores de bosque como lobos, zorros y búhos provoca el aumento poblacional del ratón de patas blancas, principal reservorio del patógeno de Lyme, incrementando el riesgo de contagio humano a través de las garrapatas.

En resumen, los animales salvajes no son un caldo de cultivo para el Virus X, sino que constituyen un escudo protector para la humanidad: mantienen la baja agresividad de los virus, disminuyen las probabilidades de contagio humano mediante el efecto dilución, regulan la propagación de enfermedades gracias a las interacciones entre seres vivos y el entorno, y preservan el hábitat humano mediante sus funciones en el ecosistema. Las acciones del ser humano son el verdadero factor que puede provocar la expansión pandémica del Virus X.

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